Informe: enfoques éticos acerca de la sexualidad

En búsca de la raíz

Desde esa perspectiva planteada por Savater nos planteamos ¿Cuál es la sexualidad que tenemos y cuál es la sexualidad que deseamos tener? ¿Cuál es la educación sexual que tenemos y cuál es la que queremos tener? Y desde esa inquietud buscamos la raíz para construir nuestro enfoque ético. Como primer reflexión desde el enfoque de género me permito acotar que rectifico la frase de Savater “lo que los hombres queremos” para afirmar “lo que los hombres y las mujeres queremos”.

La ética es definida como filosofía moral, un saber de orientación. Es una disciplina filosófica que realiza el análisis y la justificación de los principios que rigen el conjunto de normas y actitudes predominantes en una sociedad. Puede decirse que ética es la teoría de la valoración moral de los actos humanos. En este sentido implica una concepción antropológica, una idea de humanidad y una reflexión acerca de los actos humanos al relacionarlos con “el bien”, ”los valores” ”las costumbres”, ”la moralidad”.

Mientras que la moral hace referencia a “costumbres” “códigos” que en el orden social se expresan en el lenguaje, las maneras de pensar, las prescripciones, las normativas, las instituciones, en la determinación de lo considerado como legal o ilegal. Es un legado de orientaciones de una comunidad, en una multiplicidad de tradiciones – derivadas de las religiones o del derecho – que se entrecruzan y se renuevan. Esas diferentes perspectivas de la moralidad dan cuenta de la diversidad de concepciones morales que interactúan poniendo en interjuego lo social con lo personal. Los valores morales de una época son construcciones sociales e ideológicas. Expresan requerimientos culturales históricamente condicionados e indican exigencias humanas colectivas.

La palabra ética – ”modo de vivir ”- tiene una connotación mucho mas amplia que la palabra latina “mos” “moris” de moral, que significa ”costumbre”. La eticidad permite dar cuenta de la propia opción renunciando a todo dogmatismo, buscando apoyo en la actitud crítica. Reivindica la libertad de acción como resultado de la libertad de pensamiento, libertad de acción que pone como requisito para acatar los mandatos sociales, el que uno mismo los considere justos.

”Así, llamamos moral a ese conjunto de principios, normas, valores, que cada generación transmite a la siguiente en la confianza de que se trata de un buen legado de orientaciones sobre el modo de comportarse para llevar una vida buena y justa. Y llamamos Ética a esa disciplina filosófica que constituye una reflexión de segundo orden sobre los problemas morales. La pregunta básica de la moral sería entonces ¿qué debemos hacer?, mientras que la cuestión central de la Ética sería mas bien ¿por qué debemos?, es decir, ¿qué argumentos avalan y sostienen el código moral que estamos aceptando como guía de conducta?” ( Adela Cortina y Emilio Martínez Navarro, ”Etica”, 1996, pág. 22)

El interjuego ética y sexualidad

Si hacemos referencia al nivel personal, nuestra sexualidad es una dimensión fundamental, una condición inherente a la existencia de la persona, es un derecho y una necesidad para todos y durante toda la vida, necesariamente la consideramos parte de nuestras decisiones éticas. La sexualidad personal – como concepto integrador y dinámico – incluye el sexo y las relaciones entre los géneros, las orientaciones sexuales, los vínculos, el erotismo, el amor, el placer y el displacer. ¿Cómo no plantear nuevos valores sexuales si hacemos referencia a nuestros cuerpos, nuestra autoestima, nuestros deseos, nuestros sentimientos, nuestro placer, nuestros ciclos vitales, nuestra historia sexual?

Si apelamos al nivel vincular de nuestra sexualidad por necesidad entran a jugar los criterios éticos y morales: la sexualidad se refleja en la dimensión afectiva, emotiva, sensitiva, en la necesidad de comunicación, de dar y recibir, se manifiesta en lo que decimos y en lo que callamos. La sexualidad a nivel vivencial se entrelaza con lo que sentimos y pensamos de nuestro propio cuerpo y del cuerpo del otro, con lo que el/la otro/a siente acerca de su propio cuerpo. Se expresa en gestos, actitudes, miradas, en la forma de tocar y acariciar, en la ternura, en la pasión, en las relaciones sexuales. Es éticamente imprescindible a nivel relacional asumir las intersubjetividades como lugar de conflicto, lo vincular como espacio donde se entrelazan amores y odios, pulsiones de vida y pulsiones de muerte, inhibiciones y represiones, éticas tradicionales y éticas transgresoras, fantasías y mitos, prejuicios y utopías.

Al pensar el nivel sociocultural y político de la sexualidad, el orden ético – moral se manifiesta en el conflicto público/privado, a través de las normas, las leyes y las prescripciones, en el orden institucional, en las expresiones diversas del arte, en las apreciaciones y descubrimientos de las ciencias, en los mensajes de los medios de comunicación. Se hacen allí palpables las restricciones y represiones, los prejuicios, mitos y tabúes, pero también las transgresiones y las propuestas alternativas. En este último sentido podemos desarrollar las posibilidades para trabajar en beneficio de los derechos sexuales y reproductivos, influyendo en las políticas públicas.

Considerando una ética de la sexualidad en estos tres niveles, señalamos el aporte de Marciano Vidal que postula “un quehacer ético de integración del yo”, “un quehacer ético de apertura al tú” y un “quehacer ético de construcción del nosotros”. Como aportes del autor e integrando lo desarrollado en párrafos anteriores, apuntamos:
Una Ética personal (integración del yo): lugar del amor y el placer, ética de sí mismo/a.
Una Ética vincular (apertura al tú): vínculos de amor, vínculos eróticos, vínculos afectivos, vínculos que transformen las relaciones de género..
Una Ética social (construcción del nosotros) y política: criterios para elaboración de acciones en relación a la sexualidad, políticas públicas en relación a la educación y a la salud sexual.

Vinculando la ética con la educación sexual

Destaco aquí el aporte interesantísimo que realizara Nelsy Bonilla – psicóloga y sexóloga colombiana – en función de repensar la educación sexual, según la ponencia presentada en oportunidad del Simposio ”Etica y sexualidad”‘.

La autora afirma que muchos definen la ética como la ”ciencia de la moral ”, a partir de equipararla con la moral cristiana; en donde se plantean códigos externos para guiar el comportamiento. Pensar la ética implica consideraciones filosóficas sobre el ser humano como un ser con condiciones para el ejercicio libre de la razón. La moral es un ajuste que se constituye fuera de sí en la autoridad que legisla.

”Toda conceptualización ética y moral, pende de una idea de hombre, de una noción antropológica. Partiendo de estas anotaciones, quiero referirme a los modelos de educación sexual que aunque no han sido propiamente explicitados, -siguiendo a Felix López (1990)-, se convierten en prácticas educativas formales y no formales actuales, y examinar al interior de ellas la concepción de ser humano que conllevan e igualmente aproximarme a las implicaciones éticas consecuente con dichos significados. Posteriormente revisar las propuestas que como fundamentación ética podrá tener la educación sexual.” (Bonilla, Nelsy, 1998)

De acuerdo al modelo de educación sexual que se ejerza, es posible reconocer qué concepción del hombre lleva implícita:
1. El modelo de la educación sexual para evitar riesgos
2. El modelo de la educación sexual como educación moral
3. El modelo de la educación sexual para la revolución sexual y social
4. El modelo de la educación sexual profesionalizada, democrática o abierta

¿Qué concepción de la persona suponen/ocultan cada una de estos paradigmas? De manera implícita o explícita se visualizan las diferentes posturas antropológicas que los sustentan:

- Por un lado una desconfianza básica en la persona – considerada como impulsiva, irracional, posiblemente agresiva – por lo tanto uno de los propósitos del proceso educativo en sexualidad, es enseñar un progresivo control de sus impulsos, articulando diversas formas basadas en el temor, el premio, el castigo y las represalias. Es, en definitiva, el concepto del ser humano que debe ser encauzando y controlado a cada momento. Este tipo de visión de los seres humanos, se afianza en criterios de desigualdad y desequilibrio social.

Desde el otro punto de vista, se considera a la persona como valiosa por si misma, cuya naturaleza es constructiva y digna de confianza, pudiendo actuar libremente en un ambiente interpersonal-social donde se preste atención a sus necesidades personales y sociales y donde puede simbolizar clara y conscientemente la múltiplicidad y diversidad de experiencias internas y externas. En esta concepción antropológica, se postula que la motivación básica de la persona está dada por una tendencia al crecimiento, a la autorrealización y por una fuerza direccional que tiende al desarrollo de sus potencialidades. Visión de la persona que surge de la equidad y del respeto, de la confianza plena en el otro.

“Nuestra realidad implica reconocer un compromiso ético, demanda una educación sexual comprometida con criterios claros, precisos, coherentes con un enfoque de la persona que le permite asumirse en toda su dimensión (integral) y hacerse responsable de sus actos.
… No puede concebirse una educación sexual que no nos exija pensar, reflexionar, conocer y asumir responsabilidades, porque no seria ética La moral sexual tradicional que se tradujo en un cúmulo de reglas y de normas que se imponían y que exigían una sumisión ciega, ha negado nuestra calidad de seres sociales, seres que amamos, seres que deseamos, que sentimos, seres capaces de reflexionar, de decidir !!
Las normas no nos son suficientes!! … Necesitamos clarificarnos e identificar que es lo que queremos y comprometernos! Necesitamos enamorarnos de lo que deseamos para volverlo viable y traducirlo en acciones educativas que transparenten los valores deseables para todos y todas en nuestra realidad social y sexual….” (Bonilla, 1998)

La sexóloga colombiana sostiene que la educación sexual como acción intencionada pretende gestar cambios en la concepción de la sexualidad y en las actitudes y valores que son base del comportamiento de cada persona. Generar cambios fundamentados en disciplinas del conocimiento humano, coherentes con valores y asumiendo concepciones ideológicas acordes con una ética que promueva los derechos humanos y sexuales. Esa acción intencionada difundirá valores de responsabilidad, respeto, solidaridad, tolerancia y promoverá las decisiones propias, fundamentadas en información científica sexológica. Es decir , propone un compromiso ético en donde se rechaza la arbitrariedad, el autoritarismo, el sectarismo y el moralismo basado en el miedo y en el desconocimiento.

Al enriquecer este análisis acerca de la fundamentación ética de la educación sexual se apela al orden de los valores que permitan construir una ética de la horizontalidad.

“Estamos hablando aquí de equidad, reciprocidad, empatia, respeto, responsabilidad … todos estos, aspectos horizontales, opuestos a la verticalidad de valores de compasión, caridad, obediencia, de sumisión, (todos ellos de arriba hacia abajo). Esta fundamentación ética de la educación sexual basada en la horizontalidad, implica el reconocimiento de nuestras diferencias y similitudes, y la posibilidad de acceder a la diversidad de nuestras identidades. Sin embargo, como igual tenemos pluralidad en nuestras concepciones de ser humano, en nuestros ideales, teñidos del pluralismo religioso y cultural; requerimos en esa fundamentación ética horizontal, reconocer nuestros mínimos compartidos, que nos permitan convivir civilizadamente. Referidos a la educación sexual, necesitamos constatar qué es lo que no está funcionando social y éticamente en este sentido en este momento… y allí tendremos que reconocer dolorosamente que nuestros sueños están heridos por la crisis, ética en la que como nación estamos inmersos.” (Bonilla, 1998)

Epistemología ética :¿Cómo se construye el conocimiento ético/moral?

Rescatando la pregunta como metodología de la ética, la necesidad de interrogar-se, cuestionar-se acerca de los criterios morales, destacamos los aportes de Michel Foucault y Graciela Hierro.

”….. teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros no creemos ya que la ética esté fundada en ninguna religión, ni deseamos que exista un sistema legal que regule nuestra vida privada ….. quisiera plantear, entonces, lo siguiente: ¿somos capaces de tener una ética de los actos y de su placer que considere el placer del otro? ¿Es el placer del otro algo que pueda ser integrado en nuestro propio placer, sin referencia a la ley, al matrimonio o a cualquier otra obligación?….. ”

” ….. Creo que desde un punto de vista teórico, Sartre, a través de la noción moral de autenticidad, retoma la idea de que debemos ser nosotros mismos, es decir, convertirnos en nuestro verdadero yo. Pero podríamos ligar su pensamiento teórico con el concepto de creatividad, y no con el de autenticidad. Si el yo no nos viene dado, llegamos a una consecuencia práctica: debemos constituirnos a nosotros mismos, fabricarnos, crearnos como si fueramos una obra de arte.”

Como lo señala Graciela Hierro, esa construcción se realiza a través de un proceso psíquico individual de apropiación del conocimiento colectivo-social (costumbres, prescripciones, normativas, creencias …). Este estilo de conocimiento tiene un interés práctico ya que los seres humanos somos individuos reales miembros de comunidades de conocimiento socialmente condicionadas. Esto se hace visible utilizando la perspectiva de género para analizar los vínculos entrte varones y mujeres y, en general, al análizar los conceptos o criterios éticos/morales a los cuáles no se los puede entender sin su relación con los condicionamientos socioculturales.

Miradas feministas sobre una ética del placer

La metodología de la pregunta es recuperada también por el movimiento feminista para plantearse entre otras cuestiones ¿es posible dar nuestras razones para legitimar éticamente nuestras nuevas actitudes como mujeres? ¿podemos construir una ética desde la propia experiencia? ¿de qué manera sostener y alentar una ética del placer, del sentimiento y del goce? ¿cómo crear consenso sobre nuevos valores sexuales?

La perspectiva de las relaciones de género es recuperada por la ética feminista que se ocupa de revisar los criterios de la ética patriarcal desarticulando en sus análisis la doble moral en los vínculos sexuales – una moral sexual para las mujeres y otra para los varones – y códigos morales sexistas que se derivan de ella, apuntalados por los estereotipos de la sexualidad hegemónica.

La ética patriarcal ha establecido los valores y normas morales desde la perspectiva de los varones, ignorando o excluyendo las experiencias de las mujeres. La ética feminista propone revisar la moral y los valores, elaborando nuevas preguntas, descubriendo las lagunas en la historia de la sexualidad femenina, deconstruyendo los códigos morales que “deben” ser acatados, rechazando lo impuesto, abriendo nuevas posibilidades de expresión de valores, superando el dualismo moral.

Los aportes del feminismo ponen en juego la consideración de la acción de ambos géneros en las evaluaciones éticas, postulando el reconocimiento de las mujeres como agentes morales responsables en el ejercicio de su ciudadanía plena.

Estas miradas sobre una ética del placer destacan también la producción simbólica de nuevas subjetividades que definen maneras propias de valorar, proponer y justificar en relación a sus cuerpos, sus vínculos, sus decisiones sexuales y reproductivas, sus amores y placeres.

La producción teórica de los estudios de género y muchas de las actividades alternativas dentro del movimiento social de mujeres (talleres vivenciales, grupos de reflexión, cursos, jornadas, encuentros y otras) hacen visibles instancias de recuperación del erotismo, del placer y la sensualidad femeninas. En esas acciones alternativas es donde se rescata la posibilidad de repensarse desde una “buena dosis de autoestima” para vivir de acuerdo a nuevos valores sexuales.

“El intento es construir una ética desde la experiencia, modelar la experiencia desde la ética y la ética feminista será entonces una ética del placer. A nosotras nos corresponde por primera vez definir tal placer, descubrir el sentimiento y el goce y dar nuestras razones para legitimar moralmente nuestra conducta. La mujer como agente moral se hace responsable de tomar las decisiones y también de llevarlas a cabo. Es una productora de símbolos, con todo el poder que ello implica. En esta producción simbólica se destaca la constitución de la propia conciencia femenina, la afirmación de la subjetividad de las mujeres, condición necesaria para su ejercicio como agente moral.” (Hierro, Graciela)

Cristina Grela destaca que desde la constitución del mundo patriarcal, teniendo en cuenta los diferentes criterios éticos que se han valorado desde distintas religiones, la sexualidad y la reproducción han sido debidamente controladas y reglamentadas de forma más o menos sutil o desenmascarada. La sexualidad siempre despierta sospechas y desafía a interpretar, poner límites, reprimir o liberar. Es el lugar preferido del poder para ejercer el control. Por eso da cuenta de la necesidad de revisar los conceptos con que “nos interpretamos”.

“Los conceptos con que interpretamos nuestros propios mensajes emocionales, afectivos, sensitivos y placenteros, lo son en relación con la idea de sexo, erotismo, relacionamiento, que tenemos como producto de nuestros valores y del inconsciente personal y colectivo organizado por la cultura:” (Grela, Cristina, 1992)

La autora señala que tendremos que aprender a ver más allá de las apariencias, ponernos en búsqueda en el diálogo, andar, desandar y transformarnos. Propone considerar ésta ética como construcción en proceso, dando lugar a nuevos desafíos que convocan a transitar y evaluar. Superar el sexismo y el androcentrismo, desarticulando los códigos éticos que han estado centrados en el ejercicio sexual de las mujeres y han sido aceptados como inherentes a la existencia humana. Asumirnos como agentes éticas, creadoras de cultura, transformadoras de la historia, significa democratizar la ética elaborando valores que nos incluyan a todas y a todos en la diversidad.

Integrando la ética del cuidado con la ética de la justicia

Otra temática que abre nuevos enfoques desde las relaciones de género es la comparación entre la ética del cuidado y la ética de la justicia. Los debates hacen referencia, por una parte, a si existen o no diferencias en el juicio moral – si hay un juicio moral “masculino” y otro “femenino” – y por otra, a la propuesta de valores para una sociedad diferente, más justa y solidaria. Aquí se centra la crítica hacia la ética de la justicia.

Carol Gilligan, citada por Marín, compara ambos criterios éticos. La ética de la justicia se basa en la construcción de criterios morales abstractos, prescindiendo de las particularidades, respetando los derechos formales de los demás. Contempla el derecho de cada ser humano a hacer lo que desee siempre que no afecte los derechos de los otros. El concepto antropológico que se sostiene es el del individuo como separado e independiente. Se trata entonces de poner reglas que reduzcan el riesgo de invadir los derechos ajenos, reglas mínimas de convivencia, marcando los procedimientos que se deben respetar para llegar a resultados justos. La responsabilidad hacia los demás se entiende como una limitación de las acciones frenando las posibles agresiones. Se interpreta entonces que:

cualquier acto es moral mientras no lesione los derechos de los demás (somos todos iguales por lo tanto las reglas deben ser iguales para todos como garantía de justicia)
para emitir juicios morales no es necesario conocer demasiados detalles sobre la situación o sobre las personas involucradas, de otra manera se pondría en riesgo la imparcialidad (un criterio imparcial, descontextualizado resulta sinónimo de “lo más justo”)
es imprescindible la objetividad que se deriva del formalismo y de la imparcialidad cuya garantía es una única tabla de valores y una jerarquía de principios

La ética del cuidado en tanto se basa en la comprensión del mundo como una red de relaciones, un reconocimiento de las responsabilidades hacia los otros. Se caracteriza por hacer referencia a un juicio mas contextual, aceptando el punto de vista de los demás, del “otro particular”, con sus peculiaridades, sentimientos y por la preocupación por los detalles concretos de la situación a juzgar.

La ética de la justicia, según da cuenta Gloria Marín, no es neutra ni universal. Se cuestiona también la existencia de una ética para lo público – la de la justicia – y otra para lo privado – la del cuidado. Se intentaría proponer nuevos criterios válidos para mujeres y varones en la vida pública y privada que integren adecuadamente las dos éticas.

En relación a la dicotomía entre lo privado y lo público, Gloria Marín apunta que desde la tradición moral, la ética de la justicia se corresponde con la modernidad por su potenciación del individualismo y desde sus orígenes a estado destinada a regular la vida publica. Sin embargo la realidad indica que la sociedad no funciona solamente aplicando estos principios y necesita que en la esfera privada se recurra a otra ética. Sintéticamente:

“… la dicotomía entre ética de la justicia y ética del cuidado está en el origen mismo de la teoría moral moderna y está ligada a la separación de esferas y la construcción de los géneros: la ética de la justicia es la adecuada para lo público y para los hombres, la del cuidado para lo privado y para las mujeres. … El feminismo ha tenido un papel muy importante en el desplazamiento de las fronteras de lo público y lo privado. Por ejemplo cuestiones como los malos tratos, el aborto, el acoso sexual, la pornografía, la imagen de las mujeres en la publicidad … son asuntos a los que ahora se aplica la noción de derechos, derecho a la integridad, a disponer del propio cuerpo … Supone que sea(n) objeto de debate, de crítica, de valoración, y en algunos casos de regulación legal. La otra conclusión es que no nos conformamos con que la ética de la justicia es buena para lo público y la del cuidado para lo privado…” (Marín, Gloria, 1993)

Las razones fundamentales que la autora aduce se refieren a que la moral pública determina en gran parte a la moral privada, que la ley tiene un carácter simbólico y efectivo que influye en la consideración de los hechos morales – como la problemática del aborto y la violencia intrafamiliar – y por último que lo público y lo privado son interdependientes. La crítica a la prevalencia de la ética de la justicia se asienta sobre su pretendida universalidad y los cuestionamientos hacen referencia a sus criterios de igualdad y reciprocidad ¿entre quiénes? ¿quiénes son los excluídos? y por lo tanto se cuestiona su androcentrismo por considerar que esta ética se refiere a teorías morales que sustituyen el criterio universal de “toda la humanidad” por una parte de ese universo: el de los varones blancos, adultos, propietarios o profesionales.

La propuesta es entonces, desde la bibliografía que Marín asume, señalar lo inadecuado de la existencia de una ética para mujeres y otra para varones. Destacar la condición de los seres humanos como incluidos en una red de relaciones tanto con las personas próximas como con toda la humanidad, de lo cual se deriva una necesaria responsabilidad. Así se amplia el concepto de “lo inmoral” que no radica solamente en hacer algo que perjudique a otro sino en no tener respuesta apropiada frente a las necesidades de las personas. La ética desde lo público debería asumir la responsabilidad que deviene de la interconexión entre las personas con criterios de solidaridad entre los géneros y las generaciones.

En este mismo sentido Hernán Baeza3, describe esa diferente manera de visualizar ambas éticas y lo hace comparando esa visión de la ética tradicional, de los principios universales con aquella que propone el contacto con un fuerte compromiso personal. Cuestionando los criterios de la medicina hegemónica señala la necesidad de argumentar desde nuevos valores, la posibilidad de la comunicación y la implementación de la ética del cuidado:

“Vivimos en la racionalidad, los juicios morales tratan de ser imparciales, universales, iguales y válidos para todos en situaciones similares … al asumir un punto de vista imparcial, se imposibilita interiorizarse de la situación del otro, ponerse en su lugar y por lo tanto comprender adecuadamente sus perspectivas y necesidades, lo intersubjetivo … ” “… Debemos cultivar en nosotros las mejores cualidades personales de afecto, cercanía, empatía, capacidad de amar … si queremos ser verdaderos agentes morales sea como médicos o como enfermeros” “…Los valores relacionados con la comunicación son muchos: la cercanía, la intimidad, el amor, la justicia, la lealtad, la paciencia, y una virtud que debemos tratar de obtener siempre y nos cuesta mucho, es la humildad, …. Retener nuestras ansias de querer decir todo, de imponer nuestro pensamiento y nuestras ideas, de tener la razón, de dar siempre la impresión de que somos mejores ….” (Baeza, Hernán, 2001)

El docente chileno propone dejar el paternalismo y el poder asumidos históricamente por la medicina para establecer asociatividad, conexiones, compartiendo ideas y visiones del mundo. En este sentido rescata la posibilidad de evaluar éticamente la información brindada a los pacientes, el tiempo que se les dedica, la comunicación emocional – preocupación, pena, soledad, miedo, alegría, rabia, indiferencia – destacando el derecho de los pacientes a ser escuchados, respetados, a decirles la verdad.

Éstos aportes nos permiten repensar las acciones en salud sexual y reproductiva, revisando los patrones hegemónicos de la medicina tradicional y proponiendo otras miradas sobre el ejercicio de nuestros derechos sexuales y reproductivos y privilegiando los valores que postulan estas miradas críticas.

Incorporando nuevos valores sexuales: placer, autonomía y solidaridad

Buscando nuevos canales que nos permitan fluir para experimentar una mayor libertad, necesitamos darle sentido a la forma en que elegimos vivir, a los motivos o razones por los que hacemos o dejamos de hacer. Estamos hablando de la construcción de saberes morales novedosos y transgresores que orienten nuestras decisiones de vida y nuestras opciones educativas en sexualidad.

Proponemos sostener y alentar una ética del placer, del sentimiento y del disfrute personal y vincular, a la vez que se gestionan estilos solidarios de transformación en las relaciones de pareja. Intentamos vislumbrar las formas de generar consenso sobre nuevos valores sexuales y la necesaria articulación de los mismos con las políticas sociales que abran otras perspectivas.

En definitiva se trata de crear nuevos referentes valorativos de la sexualidad para articular un compromiso ético social y político-pedagógico. Nos corresponde a todos a nivel personal, vincular y social, definir expresiones valorativas para las energías de vida que todos/as llevamos dentro.

En educación sexual tendremos que intentar rechazar la verticalidad de los valores impuestos, de la obediencia y la sumisión, que solamente se centran en la desconsideración de la agencia ética y moral personal de varones y mujeres.

Será necesario asumir una ética del compromiso con los derechos humanos y sexuales, con la horizontalidad de los valores de equidad4, con la reciprocidad, la responsabilidad y la empatía, una ética que asuma un compromiso de respeto a la diversidad, y que admita la ineludible gestión ética y moral personal y colectiva.

Finalmente, nuestro compromiso ético radica en hacer posible la vivencia de la sexualidad en una urdimbre social de personas autónomas en solidaridad, facilitando la posibilidad de ejercer en plenitud el derecho a una sexualidad placentera y saludable para varones y mujeres de todas las edades.

Por: Adriana Vallejos

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